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Los niños ahora quieren ser youtubers o influencers. Eso he leído. Es curioso, ¿no? Bueno, a mí me parece curioso. Al menos muy diferente a lo que respondía cuando en primaria me preguntaban ¿qué quieres ser de mayor, Rocío? Hay unos cuantos años de distancia y por tanto un avance diferente al mío. También yo quise ser muchas cosas.  La montaña rusa vivía en mí desde el 92. En quinto de primaria quise ser astronauta, en sexto veterinaria, después pensé en ser dibujante de comics y también me planteé derecho. Yo derecho. Supongo que siempre podría haber sido peor.

Siempre he sentido una profunda atracción por Marylin, por su vida, sus fotos... Entonces me acordé de esta sesión y lo mezcle con una peculiar situación vivida hace unos días en un vagón de tren. De ahí mi post, porque en realidad el metro es un lugar para recopilar historias. No, en serio. Dejemos de un lado el vagón zombie de las 7 AM. Dejemos de lado ir como sardinas enlatadas mientras luchamos por coger bocanadas de aire estampados en un sucio cristal. Dejemos de lado el codo de una señora que huele a Vanderbilt en el riñón derecho o el sobaco del que ha decidido no pasar por la ducha. Mi locura tiene sentido, ya lo verás.

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