El algoritmo de Instagram ha cambiado  —o eso leo por ahí— y yo me he vuelto un poco loca. Hace frío. He dormido poco. En realidad he dormido mal. Y he decidido escribir algo aquí que, si lo pienso, me da un poco de miedo. Supongo que porque no es algo que quede bien. No queda bien que diga lo que voy a decir, pero creo que por otra parte me libera.

Los niños ahora quieren ser youtubers o influencers. Eso he leído. Es curioso, ¿no? Bueno, a mí me parece curioso. Al menos muy diferente a lo que respondía cuando en primaria me preguntaban ¿qué quieres ser de mayor, Rocío? Hay unos cuantos años de distancia y por tanto un avance diferente al mío. También yo quise ser muchas cosas.  La montaña rusa vivía en mí desde el 92. En quinto de primaria quise ser astronauta, en sexto veterinaria, después pensé en ser dibujante de comics y también me planteé derecho. Yo derecho. Supongo que siempre podría haber sido peor.

  ¿Qué debo escribir en un blog? Esto me lo he preguntado muchas veces desde aquel día. De hecho hace como quince minutos lo he escrito en el buscador: De qué escribir en un blog si eres escritor. Increíble. Las preguntas que dejamos en la cajetita de Google son muy fuertes, eh... Me llamo escritora y ¿no sé de qué escribir? Bueno, no exactamente.

Alguna vez me pregunté que era la libertad. Me lo preguntaba cada mañana, cuando me subía a un metro inmerso de sueños rotos. Me lo preguntaba en salas de reuniones. Me lo preguntaba mientras llegaba a casa con jaquecas a las que no le ponía nombre.

En el crepúsculo encantado de la metrópolis a veces sentía una fascinante soledad, y la sentía en otros: pobres y jóvenes oficinistas que rondaban los escaparates hasta que llegaba la hora de su solitaria cena en un restaurante; jóvenes oficinistas al anochecer, desperdiciando los momentos más intensos de la noche y de la vida.

—  Francis Scott Fitzgerald

Hace unos meses tomé una decisión.

Siempre he sentido una profunda atracción por Marylin, por su vida, sus fotos... Entonces me acordé de esta sesión y lo mezcle con una peculiar situación vivida hace unos días en un vagón de tren. De ahí mi post, porque en realidad el metro es un lugar para recopilar historias. No, en serio. Dejemos de un lado el vagón zombie de las 7 AM. Dejemos de lado ir como sardinas enlatadas mientras luchamos por coger bocanadas de aire estampados en un sucio cristal. Dejemos de lado el codo de una señora que huele a Vanderbilt en el riñón derecho o el sobaco del que ha decidido no pasar por la ducha. Mi locura tiene sentido, ya lo verás.

El bloqueo creativo, ese monstruo horrible que se presenta un día para quedarse, para alimentar tus miedos y estancarte en un lado del sofá con un bol de palomitas y mucha desesperación. Le conozco y, supongo que si estás aquí, también. Hace tiempo comencé el libro El camino del artista de Julia Cameron. Luego le dí muchas vueltas a retomarlo de nuevo, y quizá sea ahora un buen momento. Mientras tanto, yo he hecho mi propio análisis que, al menos hoy, me ha servido. Me he dado cuenta de que estaba yendo por el camino equivocado. Que por eso no escribía ni me apetecía escribir. Así que he decidido ponerme dura y tomar las decisiones oportunas. Si te quedas te las cuento.

Creo que comencé a tenerle miedo a la hoja en blanco cuando en clase de escritura me pedían un relato para la semana siguiente. Al principio iba confiada, pero se acercaba el día y ahí estaba la temida hoja en blanco. Me sentaba un domingo a escribir y la hoja en blanco permanecía y mi ansiedad por tener el relato hecho crecía. Con el tiempo y siguiendo los consejos de mis profesores algo se aprende. Aunque debo advertir que sigue apareciendo, pero existe la posibilidad de matarla de un plumazo y para eso te doy una serie de consejos que conmigo han funcionado ¡Solo tendrás que probarlo! ¿Te quedas?